La mochila extraña – Rocío C. Troyón

La mochila extraña – Rocío C. Troyón

Hoy la mochila nos mira con espanto desde el perchero, desde la oscuridad del armario, desde el rincón donde quedó olvidada… Necesita que el viento le pegue en la solapa y la haga tiritar. Anhela que la sienten en la silla, que la tiren al piso y ser empujada, pateada, pisada con y sin intención por la zapatilla de la compañera del banco vecino. O que simplemente la cuelguen en el respaldo, y así mostrar su fortaleza y mejor perfil. Extraña que la carguen con carpetas de más y blocks enteros de hojas rayadas y cuadriculadas; incluso que la paseen vacía de acá para allá, los expertos en trasladar hojas sueltas y una única lapicera durante todo el año.

Hace cinco meses y medio que no es objeto de disputas, envidias ni hurtos. Hace cinco meses y medio, nadie la acusa de haberse guardado algo que no le pertenece como broma de mal gusto, de esas que a más de un curso han hecho salir tarde al recreo y a más de un profe sacar canas verdes. La mochila quiere hacer fila mixta, saludar al de atrás y coquetear con el de al lado. ¡Y cómo extraña ser cómplice de machetes a la hora de la prueba y de galletitas o snacks furtivos durante la clase!

La mochila espera volver a cargar la pila de tareas corregidas por los docentes el fin de semana. También, escuchar sermones de esos que los profes sabemos dar, porque somos educadores y queremos bien a nuestros estudiantes, porque nos preocupan y ocupan mucho más tiempo que las dos, tres, cuatro o cinco horas curriculares en las que nos suelen ver la cara.

La mochila extraña la escuela. Quiere revivir una y otra vez la secuencia casa, escuela, casa; casa, escuela, casa de un/a amigo/a para el trabajo práctico grupal; casa, escuela, casa donde vivo con papá; casa, escuela, club, casa; casa, escuela, casa de mi novia/o; casa, trabajo, escuela, casa; casa, escuela, casa de la abuela/o… Porque cada mochila tiene una hoja de ruta diferente, particular, llena de alegrías, tristezas, sueños, miedos y frustraciones que desconocemos. A veces no logramos verlas, porque se quedan guardadas en el bolsillo interno detrás de los manuales, fotocopias, libros y carpetas; otras, esas mochilas que siempre quedan un poquito abiertas, le permiten al ojo inquisidor ver algo de su interior. Y no faltan las que están a punto de explotar, esas mochilas que exhiben sus pertenencias sin pudor con el cuaderno de comunicaciones en primera plana, y que esperan ser contenidas.

La mochila se pregunta cuándo volverá a ser lo que era. Y sabe que falta, pero mantiene viva la esperanza de ser desgastada y roída por el uso. Desea volver a ser testigo de confidencias y amoríos secretos, sentirse una vez más todopoderosa al proteger de la lluvia producciones de cuentos, análisis filosóficos, gráficos de potencia, hojas contables, líneas de tiempo… invaluables tesoros plasmados en papel. Quiere sentir la vibración del celular camuflado en el bolsillo, oír el tintinar de los lápices en la cartuchera al correr el colectivo, sentir la mano desesperada que busca las monedas olvidadas en su fondo y desea, como nunca, que la SUBE y el alcohol en gel, que cuelgan modernamente del ojal del cierre, la golpeen a cada paso.

La mochila extraña la escuela y no sabe cuándo volverá, pero siente que ese regreso será maravilloso.

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